Sufrimientos y miserias de la vida de los marinos españoles en la época de los descubrimientos.

Muchas son las aventuras e increíbles gestas que los marinos españoles han realizado a lo largo de la historia. Pero estos asombrosos hechos nunca han sido suficientemente valorados y explicados con detalle. Las increíbles dificultades a las que se enfrentaban, y los terribles sufrimientos que tuvieron arrostrar nuestros marinos para conseguir sus logros parecen inimaginables en nuestros tiempos.

Vamos a apoyarnos en el estupendo libro de Magdalena De Pazzis Pi Corrales, “Tercios del Mar”,  con su completa recopilación de información  sobre nuestra marina en la época de los descubrimientos, así como artículos de la revista de historia “Desperta Ferro”.

 

La vida del marino

Con la mirada actual  de las condiciones de vida básicas, el día a día de nuestros marinos era simplemente insoportable.

Generalizando, podemos dividir los navíos de la época en dos: con remos y sin remos. Parece una división simplemente técnica, pero contar con un grupo de hombres, en muchos casos encadenados y a la intemperie, que utilizaban su fuerza para aumentar la velocidad del barco, marca bastantes diferencias con los navíos que solo se mueven a vela.

Existen numerosos testimonios sobre las insoportables condiciones de vida en galeras; por ejemplo, el del escritor eclesiástico Antonio de Guevara descrito en 1539, o Tomás de la Torre otro religioso que describió su viaje entre Salamanca y México entre 1544 y 1545. También podemos acudir a las Ordenanzas del Buen Gobierno de la Armada de 1633, o a literatura de la época como el Guzmán de Alfarache o El Quijote.

¿Cómo eran los hombres que se embarcaban? Podemos clasificarlos en mandos y marinería. Los mandos eran en su mayoría poseían una formación específica de su oficio, o con tradición de familia, (pilotos, maestres, escribanos, etc.) de “el arte de marear”, que es como se denominaba entonces. Sin embargo, la marinería o “gentes de cabo” eran de extracción baja, gente que solo podía sobrevivir (es un decir) dentro del oficio del mar. Caso especial eran los galeotes, que podemos dividir en “boyas buenas” o profesionales de la boga y “chusma”, condenados por graves delitos y capturados en acciones de guerra. Hay que decir que, aparte de las condiciones de vida en el mar, los sueldos de la marinería y de las “boyas buenas” era escaso, y que en muchos casos tenían serias dificultades para ser cobrados.

En general, los marinos eran mirados con desprecio, temor y recelo. Eran violentos, bebedores y con una gran desenfreno sexual. Su vida “laboral” no iba más allá de los 40 años, a menos que se reenganchasen como mandos intermedios (contramaestre, despensero, guardián, etc.).

La jornada del marino comenzaba con la oración de la mañana, el rezo del padre nuestro y un avemaría. A continuación se tomaba la ración de bizcocho (un tipo de pan horneado dos veces para hacerlo más resistente) y el agua asignada a cada marino. Después iniciaban sus actividades propias: limpiar cubiertas, reparar velas, colocar cabos y reparaciones varias. El trabajo de los barcos era muy duro y labores como el manejo de velas requerían un máximo de coordinación. A mediodía, el despensero repartía las únicas raciones calientes del día. Los restos (deshechos) eran convertidos en sopa para la cena de la noche, seguramente para que no se viera su contenido. La caída de la tarde reducía la actividad general y se dedicaba más tiempo al descanso, con música, lectura y juegos de naipes, cada uno según sus intereses. La noche se marcaba con una oración presidida por un capellán y finalmente los tripulantes se retiraban a dormir.

Las necesidades de cada marinero y tropa se hacían en la popa, a la vista de todos y sin ninguna intimidad.

Como vemos, la alimentación de los integrantes de los barcos no era ni variada ni fresca y, en muchos ocasiones, escasa. Esta situación los abocó a multitud de enfermedades, entre las que frecuentaba el escorbuto.

Naturalmente, la vida de los galeotes era aún más monótona; encadenados a su banco y con un esfuerzo continuo, desprotegidos de las inclemencias meteorológicas y con poco descanso. La higiene simplemente no existía y los galeotes vivían, dormían hacían sus necesidades en el propio banco. Cualquier herida se infectaba rápidamente, y la falta de alimentación adecuada reducía las oportunidades de supervivencia.

El hedor, suciedad, insectos y roedores que rodeaban a los galeotes eran tan insoportables que harían revolver las tripas a más de uno en la actualidad.

La comida y el agua en los viajes largos se echaban a perder. Así nos  explica el cronista italiano Pigafetta sobre el viaje de Juan Sebastian Elcano:

“las galletas que comían no eran ya pan, sino una especie de polvo mezclado con gusanos  que habían devorado toda sustancia, y con un olor insoportable debido a los orines de las ratas. El agua estaba desarreglada y parecía jarabe por el gran número de cucarachas podridas que tenía”

Los marinos, soldados y galeotes no eran los únicos ocupantes de los navíos. Las cucarachas eran abundantísimas, pero no se controlaban demasiado porque devoraban las chinches, cuyos picotazos, junto con los de las  pulgas y piojos torturaban a los tripulantes. Las ratas eran constantes, y en algunos casos mordían los dedos de los marineros. En los puertos estaban  habilitados equipos especiales para desratizar los barcos a su llegada de sus rutas, para evitar las epidemias.  Estos “polizones” eran expertos en atacar la comida y bebida del navío, que fácilmente echaban a perder, generando multitud de enfermedades.

La vida en un barco era dura, con una cubierta atacada por el sol abrasador o por el frio,  y con unas bodegas  con aire viciado e irrespirable, húmedo y fétido.  La sentina era un inframundo, muchas veces con agua por los tobillos y una oscuridad insoportable, con techos bajos que obligaban andar encorvados. Cada tripulante tenía aproximadamente  1,5 m2 de espacio para descansar.  Los galeotes descansaban debajo de sus bancos, los marineros en la crujía y los soldados en unos lugares llamados “ballesteras”, una especie de mesa situada entre cada banco de remeros.

La relación entre marineros y hombres de armas nunca fue buena ya que los primeros luchaban contra el trabajo casi constante y los soldados con un aburrimiento casi constante.

Sillas, taburetes o almohadas eran objetos de lujo que se podían encontrar solamente en las galeras reales u otros barcos de muy alta dignidad.

En las galeras el porcentaje de distribución aproximada de personal de remo era de 73 % de galeotes, 7% de boyas buenas, 20% de esclavos.  Con el tiempo los castigados a galeras fueron pasados cada vez más a servicios en presidios y arsenales hasta su eliminación como castigo en 1803.

Antonio de Guevara resumía así la vida en la galera:

Es privilegio de galera que todos los que allí entraren han de comer el pan ordinario de bizcocho. Con condición que sea tapizado de telaraña, y que sea negro, gusaniento, rudo, ratonado y mal remojado.

Es privilegio de galera, que nadie al tiempo de comer pida agua que sea clara, delgada y fría, sana y sabrosa. Sino que se contente, aunque no quiera, con beberla turbia, gruesa, cenagosa, caliente y desabrida. Verdad es, que a los muy regalados les da licencia el capitán para que al tiempo de beberla con una mano tapen narices, y con la otra lleven el vaso a la boca.

Es, pues, la conclusión que, por muchos años, por altos, por generosos y por extremados que sean todos sus privilegios y exenciones, todavía nos afirmamos y conformamos con las palabras de nuestro tema: es a saber, que la vida en la galera, déla Dios a quien la quiera. 

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